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  1. Al igual que el anterior fragmento, extraído de ¿Águila o Sol? (por Octavio Paz), nos encontramos con otro trozo del libro con algo más de carisma. Hábil, sin duda.

    Cuando dejé aquel mar, una ola se adelantó entre todas. Era esbelta y ligera. A pesar de los gritos de las otras, que la detenían por el vestido flotante, se colgó de mi brazo y se fue conmigo, saltando. No quise decirle nada, porque me daba pena avergonzarla ante sus compañeras [...]


    Al día siguiente empezaron mis penas. ¿Cómo subir al tren sin que nos vieran el conductor, los pasajeros, la policía? Es cierto que los reglamentos no dicen nada respecto al transporte de olas en los ferrocarriles, pero esa misma reserva era un indicio de la severidad con que se juzgaría nuestro acto...

  2. Entre prosa y poesía, nos encontramos este fragmento en el libro ¿Águila o Sol?, escrito por Octavio Paz, un grande de la literatura mexicana. 

    Hace años, con piedrecitas, basuras y yerbas, edifiqué Tilantlán. Recuerdo la muralla, las puertas amarillas con el signo digital, las calles estrechas y malolientes que habitaba una plabe ruidosa, el verde Palacio de Gobierno y la roja Casa de los Sacrificios, abierta como una palma, con sus cinco grandes templos y sus calzadas innumerables […] Sus moradores –astutos, ceremoniosos y coléricos- adoraban a las Manos, que los habían hecho, pero temían a los Pies, que podían destruirlos. Su teología, y los renovados sacrificios con que intentaron comprar el amor de las Primeras y asegurarse la benevolencia de los Últimos, no evitaron que una alegre mañana mi pie derecho los aplastara, con su historia, su aristocracia feroz, sus motines, su lenguaje sagrado, sus canciones populares y su teatro ritual. Y sus sacerdotes jamás sospecharon que Pies y Manos no eran sino las extremidades de un mismo dios

  3. Extraído de El criticón, por Baltasar Gracián. Un fragmento para pensar.

    Admiráronse mucho, y con razón, oyendo tan paradojo sentir; mas desempeñose ella diciendo:


    -Mirad, los sabios son pocos, no hay cuatro en una ciudad; ¿qué digo cuatro?, ni dos en todo un reino. Los ignorantes son los muchos, los necios son los infinitos; y así, el que los tuviese a ellos de su parte, ese será señor de un mundo entero.

  4. Luis Rojas Marcos nos sorprende esta vez con este curioso fragmento (sacado de La fuerza del optimismo). Libro que alguna vez en la vida necesitamos leer. Allá va.

    Hace un par de años, en una tarde muy tormentosa del otoño neoyorquino, caminando a casa desde la universidad me encontré con una larga cola de esperanzados jugadores que aguardaban en la calle su turno para comprar un billete de lotería de la multimillonaria megaloto. Soportaba una lluvia torrencial salpicada de rayos y truenos delante de la pequeña tienda de la calle 35. Por curiosidad, me acerqué a una pareja que esperaba al final de la cola, divertidos y empapados bajo un diminuto paraguas, y les pregunté amablemente si sabían que la probabilidad estadística de que les tocara el gordo era menor que la de que les cayera un rayo.

  5. De El libro del desasosiego (Fernando Pessoa) podemos extraer este pequeño fragmento que responde a las preguntas de la vida; lo que es hoy, lo será mañana.

    Al final de este día queda lo que quedó de ayer y quedará de mañana: el ansia insaciable e innúmera de ser siempre el mismo y otro.

  6. Interesante fragmento de M. Agéyev que aparece en la obra Novela con cocaína que invita a pensar y reflexionar un poco acerca de la sexualidad y los gustos de cada persona.

    Es exacto y verdadero que la separación de lo espiritual y lo carnal en un hombre es signo de su virilidad, y la separación entre lo espiritual y lo carnal en una mujer es signo de su prostitución. Y bastaría con que todas las mujeres, juntas, se virilizaran para que el mundo, el mundo entero, se transformara en un burdel.
    Para un hombre enamorado, todas las mujeres no son mas que mujeres, excepto aquella que ama - ésta es para él un ser humano -. Para una mujer enamorada, todos los hombres son sólo seres humanos, con excepción del que ama; para ella, este es un hombre.
    Esta es la triste verdad que se impone mas y mas.
    Y por último, la certidumbre (experimentada tantas veces ya, y cada vez a su manera) de que los encantos de un cuerpo de mujer que inflaman los sentidos son como olores de cocina - excitantes cuando se tiene hambre, repugnantes cuando se está saciado.

  7. Bonito fragmento de la obra La sombra del viento de Carlos Ruiz Zafón, que nos consigue trasladar a un ambiente neblinado y abstracto.

    Una de las trampas de la infancia es que no hace falta comprender algo para sentirlo... para cuando la razón es capaz de comprender lo sucedido, las heridas en el corazón ya son demasiado profundas [...]

    Si me hubiera parado a pensarlo, hubiera descubierto que mi devoción por Clara no era más que una fuente de sufrimiento. Quizá por eso la adoraba más, por esa estupidez eterna de perseguir a los que nos hacen daño.