1. Pequeño fragmento de Steinbeck, del libro Ratones y hombres

    Los libros no son buenos. Uno se vuelve loco si no tiene a nadie. No importa quién es el otro, con tal de que esté con uno. Te digo que uno se ve tan solo que se pone enfermo.
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  2. De la novela La mujer justa, de Sándor Marai

    Ella todavía me quiere y nunca querrá a otro. No me guarda rencor porque entre personas que se han querido de verdad no puede haber nunca verdadero odio. Puede haber rabia o deseo de venganza; pero odio de verdad, ese odio tenaz y calculador que espera únicamente el momento de desencadenarse….no, eso es imposible. Ella sigue viva, puede que ya ni me espere. Está viva y muere lentamente. Muere de una forma educada, delicada, tranquila, burguesa. Muere porque no puede darle a su vida un sentido nuevo, porque no puede vivir con la sensación de no tener a nadie que la necesite, porque es imposible vivir sin la certeza de que en el mundo hay una persona para la que se es imprescindible
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  3. Luis Rojas Marcos nos sorprende esta vez con este curioso fragmento (sacado de La fuerza del optimismo). Libro que alguna vez en la vida necesitamos leer. Allá va.

    Hace un par de años, en una tarde muy tormentosa del otoño neoyorquino, caminando a casa desde la universidad me encontré con una larga cola de esperanzados jugadores que aguardaban en la calle su turno para comprar un billete de lotería de la multimillonaria megaloto. Soportaba una lluvia torrencial salpicada de rayos y truenos delante de la pequeña tienda de la calle 35. Por curiosidad, me acerqué a una pareja que esperaba al final de la cola, divertidos y empapados bajo un diminuto paraguas, y les pregunté amablemente si sabían que la probabilidad estadística de que les tocara el gordo era menor que la de que les cayera un rayo.
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  4. Si lo que se quiere es disfrutar de una novela corta y de un monólogo interior intenso, lo que buscamos es leer On the road (En el camino) de Jack Kerouac. Tan sólo hay que ver el fragmento siguiente.

    Pero entonces bailaban por las calles como peonzas enloquecidas, y yo vacilaba tras ellos como he estado haciendo toda mi vida, mientras sigo a la gente que me interesa, porque la única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas
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  5. De El libro del desasosiego (Fernando Pessoa) podemos extraer este pequeño fragmento que responde a las preguntas de la vida; lo que es hoy, lo será mañana.

    Al final de este día queda lo que quedó de ayer y quedará de mañana: el ansia insaciable e innúmera de ser siempre el mismo y otro.
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  6. Un emotivo fragmento se nos presenta hoy, escrito por la mano de Carlos Ruiz Zafón en su obra, ya mostrada antes, La sombra del viento.

    Deshice el cuidadoso envoltorio en la penumbra del alba. El paquete contenía una caja de madera labrada, reluciente, ribeteada con remaches dorados. Se me iluminó la sonrisa antes de abrirla. El sonido del cierre al abrirse era exquisito, de mecanismo de relojería. El interior del estuche venía recubierto de terciopelo azul oscuro. La fabulosa Montblanc Meinsterstück de Víctor Hugo descansaba en el centro, deslumbrante. La tomé en mis manos y la contemplé al reluz del balcón. Sobre la pinza de oro del capuchón había grabada una inscripción.

    Daniel Sempere,1953

    Miré a mi padre, boquiabierto. No creo haberle visto nunca tan feliz como me lo pareció en aquel instante. Sin mediar palabra, se levantó de la butaca y me abrazó con fuerza. Sentí que se me encogía la garganta y, a falta de palabras, me mordí la voz
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  7. Sacado de Crimen y castigo, una de las muchas obras de Dostoyevski, este fragmento nos enseña a apreciar lo que es, o no es, la vida.

    ¿Dónde he leído lo que decía o pensaba un condenado a muerte una hora antes de que lo ejecutaran? Que si debiera vivir en algún sitio elevado, encima de una roca, en una superficie tan pequeña que sólo ofreciera espacio para colocar los pies, y en torno se abrieran el abismo, el océano, tinieblas eternas, eterna soledad y tormenta; si debiera permanecer en el espacio de una vara durante toda la vida, mil años, una eternidad, preferiría vivir así que morir. ¡Vivir, como quiera que fuese, pero vivir!
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  8. El ilustre escritor checo Franz Kafka nos sorprende esta vez con el siguiente fragmento, sacado de El paseo repentino, cuanto más cuanto menos agradable de leer.


    Cuando por la noche uno parece haberse decidido terminantemente a quedarse en casa; se ha puesto una bata; después de la cena se ha sentado en la mesa iluminada, dispuesto a hacer aquel trabajo o a jugar aquel juego terminado el cual habitualmente uno se va a dormir; cuando fuera el tiempo es tan malo que lo más natural es quedarse en casa; cuando uno ya ha pasado tan largo rato sentado tranquilo a la mesa que irse provocaría el asombro de todos; cuando la escalera está oscura y la puerta de calla trancada ya, y cuando entonces uno, a pesar de todo esto, presa de una repentina desazón, se cambia la bata; aparece enseguida vestido de calle; explica que tiene que salir, y además lo hace después de despedirse rápidamente; cuando uno cree haber dado a entender mayor o menor disgusto de acuerdo con la celeridad con que ha cerrado la casa dando un portazo; cuando en la calle uno se reencuentra, dueño de miembros que responden con una especial movilidad a esta libertad ya inesperada que uno les ha conseguido; cuando mediante esta sola decisión uno siente concentrada en sí toda la capacidad determinativa; cuando uno, otorgando al hecho una mayor importancia que la habitual, se da cuenta de que tiene más fuerza para provocar y soportar el más rápido cambio de necesidad de hacerlo, y cuando uno va así corriendo por largas calles, entonces uno, por esa noche, se ha separado completamente de su familia, que se va escurriendo hacia la insustancialidad, mientras uno, completamente denso, negro de tan preciso, golpeándose los muslos por detrás, se yergue en su verdadera estatura. Todo esto se intensifica aún más si a esas altas horas de la noche uno se dirige a casa de un amigo para saber cómo le va.
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  9. Esta vez vamos a extraer el fulgurante inicio de Corazón tan blanco, novela escrita por Javier Marías.

    No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados. Cuando se oyó la detonación, unos cinco minutos después de que la niña hubiera abandonado la mesa, el padre no se levantó en seguida, sino que se quedó durante algunos segundos paralizado con la boca llena, sin atreverse a masticar ni a tragar ni menos aún a devolver el bocado al plato; y cuando por fin se alzó y corrió hacia el cuarto de baño, los que lo siguieron vieron cómo mientras descubría el cuerpo ensangrentado de su hija y se echaba las manos a la cabeza iba pasando el bocado de carne de un lado a otro de la boca, sin saber todavía qué hacer con él. Llevaba la servilleta en la mano, y no la soltó hasta que al cabo de un rato reparó en el sostén tirado sobre el bidet, y entonces lo cubrió con el paño que tenía a mano o tenía en la mano y sus labios habían manchado, como si le diera más vergüenza la visión de la prenda íntima que la del cuerpo derribado y semidesnudo con el que la prenda había estado en contacto hasta hacía muy poco: el cuerpo sentado a la mesa o alejándose por el pasillo o también de pie. Antes, con gesto automático, el padre había cerrado el grifo del lavabo, el del agua fría, que estaba abierto con mucha presión. La hija había estado llorando mientras se ponía ante el espejo, se abría la blusa, se quitaba el sostén y se buscaba el corazón, porque, tendida en el suelo frío del cuarto de baño enorme, tenía los ojos llenos de lágrimas, que no se habían visto durante el almuerzo ni podían haber brotado después de caer sin vida. En contra de su costumbre y de la costumbre general, no había echado el pestillo, lo que hizo pensar al padre (pero brevemente y sin pensarlo apenas, en cuanto tragó) que quizá su hija, mientras lloraba, había estado esperando o deseando que alguien abriera la puerta y le impidiera hacer lo que había hecho, no por la fuerza sino con su mera presencia, por la contemplación de su desnudez en vida o con una mano en el hombro. Pero nadie (excepto ella ahora, y porque ya no era una niña) iba al cuarto de baño durante el almuerzo. El pecho que no había sufrido el impacto resultaba bien visible, maternal y blanco y aún firme, y fue hacia él hacia donde se dirigieron instintivamente las primeras miradas, más que nada para evitar dirigirse al otro, que ya no existía o era sólo sangre. Hacía muchos años que el padre no había visto ese pecho, dejó de verlo cuando se transformó o empezó a ser maternal, y por eso no sólo se sintió espantado, sino también turbado. La otra niña, la hermana, que sí lo había visto cambiado en su adolescencia y quizá después, fue la primera en tocarla, y con una toalla (su propia toalla azul pálido, que era la que tenía tendencia a coger) se puso a secarle las lágrimas del rostro mezcladas con sudor y con agua, ya que antes de que se cerrara el grifo, el chorro había estado rebotando contra la loza y habían caído gotas sobre las mejillas, el pecho blanco y la falda arrugada de su hermana en el suelo. También quiso, apresuradamente, secarle la sangre como si eso pudiera curarla, pero la toalla se empapó al instante y quedó inservible para su tarea, también se tiñó. En vez de dejarla empaparse y cubrir el tórax con ella, la retiró en seguida al verla tan roja (era su propia toalla) y la dejó colgada sobre el borde de la bañera, desde donde goteó. Hablaba, pero lo único que acertaba a decir era el nombre de su hermana, y a repetirlo. Uno de los invitados no pudo evitar mirarse en el espejo a distancia y atusarse el pelo un segundo, el tiempo suficiente para notar que la sangre y el agua (pero no el sudor) habían salpicado la superficie y por tanto cualquier reflejo que diera, incluido el suyo mientras se miró. Estaba en el umbral, sin entrar, al igual que los otros dos invitados, como si pese al olvido de las reglas sociales en aquel momento, consideraran que sólo los miembros de la familia tenían derecho a cruzarlo. Los tres asomaban la cabeza tan sólo, el tronco inclinado como adultos escuchando a niños, sin dar el paso adelante por asco o respeto, quizá por asco, aunque uno de ellos era médico (el que se vio en el espejo) y lo normal habría sido que se hubiera abierto paso con seguridad y hubiera examinado el cuerpo de la hija, o al menos, rodilla en tierra, le hubiera puesto en el cuello dos dedos. No lo hizo, ni siquiera cuando el padre, cada vez más pálido e inestable, se volvió hacia él y, señalando el cuerpo de su hija, le dijo “Doctor”, en tono de imploración pero sin ningún énfasis, para darle la espalda a continuación, sin esperar a ver si el médico respondía a su llamamiento. No sólo a él y a los otros les dio la espalda, sino también a sus hijas, a la viva y a la que no se atrevía a dar aún por muerta, y, con los codos sobre el lavabo y las manos sosteniendo la frente, empezó a vomitar cuanto había comido, incluido el pedazo de carne que acababa de tragarse sin masticar. Su hijo, el hermano, que era bastante más joven que las dos niñas, se acercó a él, pero a modo de ayuda sólo logró asirle los faldones de la chaqueta, como para sujetarlo y que no se tambaleara con las arcadas, pero para quienes lo vieron fue más bien un gesto que buscaba amparo en el momento en que el padre no se lo podía dar.

    Estoy seguro de que su estilo incita a seguir leyendo ¿verdad?.
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  10. John Steinbeck nos regala en esta ocasión un fragmento de su obra Las uvas de la ira, que debe ser releído unas cuantas veces para sacar todo el jugo que nos ofrece que, sin duda, es de un sabor agridulce digno de recordar.

    La gente viene con redes para pescar en el río y los vigilantes se lo impiden; vienen en coches destartalados para coger las naranjas arrojadas, pero han sido rociadas con queroseno. Y se quedan inmóviles y ven las patatas pasar flotando, escuchan chillar a los cerdos cuando los meten en una zanja y los cubren con cal viva, miran las montañas de naranjas escurrirse hasta rezumar pobredumbre; y en los ojos de la gente se refleja el fracaso; y en los ojos de los hambrientos hay una ira creciente. En las almas de las personas las uvas de la ira se están llenando y se vuelven pesadas, cogiendo peso, listas para la vendimia.
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  11. Seguramente muchos recordéis este fragmento sacado de El principito, la famosa obra de Antoine de Sant Exupéry, y que nunca nos dejará sin algo nuevo que saborear.

    -¿Qué haces ahí? - preguntó al bebedor, a quien encontró instalado en silencio, ante una colección de botellas vacías y una colección de botellas llenas.

    -Bebo -respondió el bebedor, con aire lúgubre.

    -¿Por qué bebes? -le preguntó el pricipito.

    -Para olvidar -respondió el bebedor.

    -¿Para olvidar qué? -inquirió el principito, que ya le compadecía.

    -Para olvidar que tengo vergüenza -confesó el bebedor bajando la cabeza.

    -¿Vergüenza de qué? -averigüó el principito que deseaba socorrerle.

    -¡Vergüenza de beber! -terminó el bebedor, que se encerró definitivamente en el silencio.

    Y el pricipito se alejó, perplejo.
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  12. Fragmento fugaz de Javier Marías en su novela Los enamoramientos que transmite una excelente metáfora digna de entender

    No debería uno contar nunca nada, ni dar datos ni aportar historias ni hacer que la gente recuerde a seres que jamás han existido ni pisado la tierra o cruzado el mundo, o que sí pasaron pero estaban ya medio a salvo en el tuerto e inseguro olvido. Contar es casi siempre un regalo, incluso cuando lleva e inyecta veneno el cuento, también es un vínculo y otorgar confianza, y rara es la confianza que antes o después no se traiciona, raro el vínculo que no se enreda o anuda, y así acaba apretando y hay que tirar de navaja o filo para cortarlo.
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  13. Interesante fragmento de M. Agéyev que aparece en la obra Novela con cocaína que invita a pensar y reflexionar un poco acerca de la sexualidad y los gustos de cada persona.

    Es exacto y verdadero que la separación de lo espiritual y lo carnal en un hombre es signo de su virilidad, y la separación entre lo espiritual y lo carnal en una mujer es signo de su prostitución. Y bastaría con que todas las mujeres, juntas, se virilizaran para que el mundo, el mundo entero, se transformara en un burdel.
    Para un hombre enamorado, todas las mujeres no son mas que mujeres, excepto aquella que ama - ésta es para él un ser humano -. Para una mujer enamorada, todos los hombres son sólo seres humanos, con excepción del que ama; para ella, este es un hombre.
    Esta es la triste verdad que se impone mas y mas.
    Y por último, la certidumbre (experimentada tantas veces ya, y cada vez a su manera) de que los encantos de un cuerpo de mujer que inflaman los sentidos son como olores de cocina - excitantes cuando se tiene hambre, repugnantes cuando se está saciado.
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  14. Fragmento del célebre autor de realismo sucio, Charles Bukowski, acerca de lo que es, y no es, el amor. Obra: Música de cañerías

    -Sentir interés está pasado de moda. Si sigues por ese rollo mucho tiempo, cuando te des cuenta, acabarás creyendo en el amor.
    - ¿Y qué? ¿Qué tiene de malo el amor, Tony?
    -El amor es una forma de prejuicio. Amamos lo que necesitamos, amamos lo que nos hace sentirnos bien, amamos lo que es conveniente. ¿Cómo puedes decir que amas a una persona cuando hay diez mil personas en el mundo a las que amarías más si llegases a conocerlas? Pero nunca las conoceremos.
    - Sí, de acuerdo, pero hay que hacer todo lo posible.
    - Concedido. Pero hay que tener en cuenta, de todos modos, que el amor es sólo consecuencia de un encuentro al azar. La mayoría de la gente le da demasiada importancia.
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  15. Bonito fragmento de la obra La sombra del viento de Carlos Ruiz Zafón, que nos consigue trasladar a un ambiente neblinado y abstracto.

    Una de las trampas de la infancia es que no hace falta comprender algo para sentirlo... para cuando la razón es capaz de comprender lo sucedido, las heridas en el corazón ya son demasiado profundas [...]

    Si me hubiera parado a pensarlo, hubiera descubierto que mi devoción por Clara no era más que una fuente de sufrimiento. Quizá por eso la adoraba más, por esa estupidez eterna de perseguir a los que nos hacen daño.
     

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