1. El ilustre escritor checo Franz Kafka nos sorprende esta vez con el siguiente fragmento, sacado de El paseo repentino, cuanto más cuanto menos agradable de leer.


    Cuando por la noche uno parece haberse decidido terminantemente a quedarse en casa; se ha puesto una bata; después de la cena se ha sentado en la mesa iluminada, dispuesto a hacer aquel trabajo o a jugar aquel juego terminado el cual habitualmente uno se va a dormir; cuando fuera el tiempo es tan malo que lo más natural es quedarse en casa; cuando uno ya ha pasado tan largo rato sentado tranquilo a la mesa que irse provocaría el asombro de todos; cuando la escalera está oscura y la puerta de calla trancada ya, y cuando entonces uno, a pesar de todo esto, presa de una repentina desazón, se cambia la bata; aparece enseguida vestido de calle; explica que tiene que salir, y además lo hace después de despedirse rápidamente; cuando uno cree haber dado a entender mayor o menor disgusto de acuerdo con la celeridad con que ha cerrado la casa dando un portazo; cuando en la calle uno se reencuentra, dueño de miembros que responden con una especial movilidad a esta libertad ya inesperada que uno les ha conseguido; cuando mediante esta sola decisión uno siente concentrada en sí toda la capacidad determinativa; cuando uno, otorgando al hecho una mayor importancia que la habitual, se da cuenta de que tiene más fuerza para provocar y soportar el más rápido cambio de necesidad de hacerlo, y cuando uno va así corriendo por largas calles, entonces uno, por esa noche, se ha separado completamente de su familia, que se va escurriendo hacia la insustancialidad, mientras uno, completamente denso, negro de tan preciso, golpeándose los muslos por detrás, se yergue en su verdadera estatura. Todo esto se intensifica aún más si a esas altas horas de la noche uno se dirige a casa de un amigo para saber cómo le va.

  2. 0 comentarios:

    Publicar un comentario